Hay  tres tipos de personas según su manera de vivir.

  Unos no se preguntan y envejecen rápido. Pierden la capacidad de ilusionarse, de reír y de soñar.

  Los contrarios, que pasan toda la vida preguntándose el porqué de las cosas, que se asombran todos los días de la belleza que se esconde tras las nubes, que siguen riéndose cómo niños. Esos no envejecen. Pero han de esforzarse para no sentir despecho por su cuerpo que envejece recordándoles, a todas horas, que nadie les ve cómo realmente son.

  Los terceros consiguen el Cielo en la Tierra. Saben disfrutar de los buenos momentos cómo niños pero también saben responsabilizarse. Conocen la realidad y la ficción. Son ponderados, respetuosos, nobles y Grandes. Sí. Grandes.

     ¿Dónde nos situamos nosotros?

   Personalmente sé que al tercer grupo no pertenezco, aunque lo anhelo y a él aspiro.

  Tampoco pertenezco al primero, aunque lo intuyo.

  Prefiero preguntar a responder. Vivir y sufrir a dormir. Prefiero reír a llorar. Y soñar -aunque a veces las pesadillas asomen en mi mente-, a estar siempre con los ajos abiertos o cerrados y sin sueños. Nunca! Los ojos cerrados y sin sueños son muerte.

  Si estoy triste quiero llorar. Si estoy alegre quiero reír. Y si la vida me golpea quiero levantarme con la ayuda de los amigos y la esperanza.

  No quiero dormir mis sentimientos. Quiero que me asuste el miedo y que me asombre lo maravilloso. Quiero aprender a caminar de nuevo. Debo aprender a caminar de nuevo. Puedo aprender a caminar de nuevo. Creo que puedo. Lo creo de verdad. Nunca había sido tan cierto cómo ahora.

  No quiero ser espectadora de mi vida sino directora y actriz principal. Aunque a veces grite. Y a veces llore.  Y qué hay de malo en ello?

  Desde pequeñitos nos dicen: -No llores, no pasa nada, ya está. Nos ponen un chupete cómo tapón de nuestras quejas y el llanto se convierte en sollozo. Y el paso siguiente: en silencio. Hasta que el silencio se convierte en vacío, un vacío que se instala en el alma i la va quebrando hasta que la aniquila. De pronto somos desconocidos. Y para que no se nos haga tan duro el triste espectáculo de la destrucción de nuestros sueños nos medican. Así es más llevadero. Y digo yo… no sería mejor provocar una catarsis con música, o teatro, o baile, o lo que fuera, para intentar recuperar con nuestro yo nuestra dignidad?